Lunes, 30 de Mayo de 2011
Cuando alguien nace para ganar, se notan las circunstancias que conspiran en su contra. Táchira vivió una temporada complicada, pero al final no hubo pronóstico, lógica o juego bonito que lo detuviera en la marcha hacia la consecución de su séptimo título. Hubo tropiezos, se atravesaron resultados en contra, en titulares y declaraciones se dudó de su capacidad, pero el Carrusel sacó la casta cuando debía y bordó en hilo grueso otra estrella de campeón a su tradicional camiseta amarilla y negra.
En un final de foto se quedó con el torneo Apertura, pues un solo gol le permitió distanciarse del segundo puesto. En el Clausura vivió una auténtica pesadilla: al mismo tiempo que sucumbía ante los caballos del continente en la Copa Libertadores, tocó fondo con los colistas locales. Sucumbió ante los dos equipos que perdieron la categoría este año y fue irrespetado en casa por conjuntos muy inferiores en el papel; sin embargo, halló la fórmula de la victoria en el momento más indicado -la final absoluta.
Consiguió pegar primero y en condición de visitante con un planteamiento que sugería que el mejor ataque es la defensa... Y el contragolpe. Ese fue el que le dio los resultados.
Luego de tres años en blanco, conservó la ventaja con un juego fluido y solvencia en el fondo, más una gran actuación de Pedro Fernández, Gerson chacón y Sergio Herrera.
Táchira recordó a su pueblo el sentimiento de coronarse como el mejor de Venezuela. Lo hizo con la ayuda de 40 mil aficionados que entregaron sus almas en Pueblo Nuevo. Demostró por qué su nombre está en los libros de historia del país. Sembró una semilla ganadora en el corazón de muchos niños que brincaron en las tribunas, y subió al cielo por una escalera alta que, tras el pitazo final, le regaló hasta el llanto de la alegría y un arcoiris de fondo.
De allí bajó en paracaídas la séptima estrella.
Roalber Torres / Líder en deportes
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